Carlos Gimeno se recibió de sacerdote el 9 de diciembre de 1984 y dejó de serlo el 29 de agosto de 2009. Fue cura párroco en Hasenkamp, actualmente está radicado en María Grande, y es autor del libro “Yo fui sacerdote, Autobiografía de una crisis”, qué lo llevó a renunciar al sacerdocio. Exige que cambien las actitudes en el seno de la Iglesia, para las que pidió mayor humanismo. Realizó una crítica para con la estructura de la Iglesia, donde hace hincapié en falencias de la formación del sacerdote y también cuando uno ya está en ejercicio.

– ¿Qué razones lo llevaron a escribir un libro?


 


– Después que dejé el sacerdocio comencé con una terapia sobre mi vida y comentándole a mi psicólogo todo lo que me había pasado y las cosas que había escrito personalmente, me sugirió que narrara un libro. Le respondí que lo iba a pensar, pero no quería hacerlo en ese momento, porque tenía un sabor de amargura y no quería escribir un libro con ese fin. Al terminar la sesión, fui a mi escritorio y busqué el material que tenía sobre mi vida de seminario y sacerdocio y lo empecé a ordenar sin intención de escribir, simplemente para tenerlo a mano cuando quisiera hacerlo, pero me di cuenta que ordenando los materiales ya lo tenía escrito, agregué unas cosas y lo redacté. Mi intención es agregar un grano más para que se cambien algunas cosas en la formación humana del sacerdote. Estoy convencido que algo falta y que algo se ha torcido en la vida de los sacerdotes y su formación, tanto antes de su ordenación como en su formación permanente. Hay cosas que me afectaron, en el libro yo afirmo que la situación es crónica y que es preciso declarar el estado de emergencia. Por eso sostengo que los obispos y sacerdotes necesitan ayudan y deben sanarse.


 


– ¿Cuáles son las falencias que ha encontrado en el sistema de formación sacerdotal?


 


– Tiene que haber más respeto entre los sacerdotes, tiene que haber más sinceridad. Hoy existen quienes “te quieren mover el piso”. No es bueno que existan curas “trepadores” dentro de esta estructura. En la relación obispo – sacerdote debe haber una mayor sinceridad y transparencia. El obispo es tu padre espiritual y no debe ser el hombre que solamente se limita a determinar el lugar donde tenés que ir como cura. Existe una necesidad de involucrar al corazón de los obispos y sacerdotes. También es fundamental tratar a la gente de igual a igual y no desde arriba, escuchar más a los laicos que quizás no van a la Iglesia, para conocer cuáles son sus problemas. Que la relación interna sea más humana.


 


– ¿Eso lo llevó directamente a dejar el sacerdocio?


 


– Hay una razón única por la que dejé el sacerdocio: durante los 24 años y medio que ejercí el ministerio sacerdotal, nunca me sentí valorado ni respetado por mis compañeros y ni siquiera por los obispos. Todo ese tiempo sin esa valoración y sin ese respeto, hizo que fuera imposible continuar. De hecho me estaba enfermando de los nervios, porque si bien uno renuncia a formar una familia y a compartir su vida con una mujer, no renuncia a la contención humana y eso me faltó y sigue faltando en muchos sacerdotes.


 


– ¿Qué le dijo el obispo cuando lo notificó de su decisión?


 


– Estaba Monseñor Mario Maulión. Le envié una carta con estos argumentos críticos y se enojó mucho. Posteriormente en una conversación más extensa, terminamos algo mejor, aunque no estuvimos de acuerdo en los puntos que le señalé.


 


– ¿Resultó fácil rearmar otra vida tras dejar el sacerdocio?


 


– Desde los 15 hasta los 27 años me preparé para ser sacerdote y de los 27 a los 52 ejercí el ministerio sacerdotal. Durante más de 30 años llevé un estilo de vida. Me costó muchísimo y todavía me cuesta. Después de más de 30 años de un estilo de vida, hace 3 años y medio que todavía estoy adaptándome a esta nueva realidad…


 


– ¿Es necesario cambiar a quienes están en la cúpula de la Iglesia?


 


– En el libro propongo que lo que hay que cambiar son las actitudes. Si cambiamos las personas, el problema igualmente puede continuar. Algunos con bronca piensan que es necesario sacarlos a todos y colocar gente nueva en su lugar, pero no sería solución al problema. Es preciso reforzar la formación humana dentro del sacerdocio. Hay una cuestión básica, uno como cura necesita saber que se lo quiere. Si eso no existe, no se dura mucho tiempo. O a lo mejor sucede como le pasa a muchos sacerdotes, continúan adelante pero empiezan a vivir con variadas historias ocultas.


 


– ¿Conoce a actuales sacerdotes que estén transitando en este camino de la duda?


 


– Me arriesgo a decir que la mitad de los sacerdotes tienen dudas y se encuentran en esa misma situación. Viven en crisis y estrés causado por el ambiente que se sigue viviendo.


 


– ¿Es momento de eliminar el celibato?


 


– La soledad que yo vivía no era una soledad por falta de mujer (si bien nunca fue fácil y nunca lo será), sino que era porque no se alimentaba lo que nosotros denominamos fraternidad sacerdotal. Uno se sentía desvalorizado. Respecto al celibato, la Iglesia Católica de occidente debería ser como la de oriente, es decir poner al celibato como una opción, pero no como una condición absoluta para ser sacerdote.


 


– ¿La gente está dejando de creer en la Iglesia?


 


– Eso se nota en algunas partes del país. Recuerdo cuando estuve en España, un sacerdote catalán me dijo: “La crisis de la Iglesia hoy está en la jerarquía de la Iglesia y de ahí se expande a toda la Iglesia”. Estoy de acuerdo con él, porque la gente entra en crisis con sus iglesias, porque los obispos y curas están en esa situación y lo reflejan ante su comunidad de fieles. Hay cosas que no se están haciendo y la gente sufre el impacto final.


 


– En cuanto a inconvenientes que surgen desde la Iglesia, ¿conocía lo que sucedía con el cura Ilarráz en el seminario de Paraná?


 


– A Ilarráz lo conocí en el año ‘73. Él hacía un año que había ingresado al seminario cuando yo lo hice. Lo que cometió me enteré años después de lo sucedido, pero nunca tuve la certeza que si había pasado o no en realidad, porque me costaba creer en verdad que eso haya ocurrido dentro del seminario, porque era una vida de plena convivencia y generalmente se sabía todo. Él siguió trabajando allí y yo me había ido. Tardó mucho en descubrirse y fue porque una de las víctimas decidió hablar. A partir de allí fue conociéndose el tema, aunque sin grandes certezas, porque de hecho se ocultó todo. En las ciudades donde ejercí el sacerdocio, una de mis intenciones es seguir dándole respuestas sobre mi renuncia a la gente que me conoció y que estuvo bajo mi responsabilidad. En las parroquias donde estuve, causó mucho impacto mi renuncia y quiero ofrecer una respuesta y estar a disposición de cada uno. Fuente: El observador